El jardín secreto y el poeta atrapado

“I hate it here, so I’ll go to secret gardens in my mind. People need a key to get to, the only one is mine.”
-Taylor Swift
Durante los últimos meses mi vida ha estado marcada por contrastes. Días de ansiedad, de noches que se sentían demasiado largas, de pensamientos que pesaban más de lo que podía cargar. Hubo momentos en que me costaba encontrar sentido, cuando la desesperanza parecía ganar terreno y hasta la idea de continuar se sentía como un reto demasiado grande.
En medio de ese ruido, descubrí que lo único que me mantenía en pie era mi propio jardín secreto. Ese lugar interno, invisible para todos, donde me refugiaba para respirar. Ahí no entraban los juicios, ni las expectativas, ni la presión de tener que “funcionar”. Era el rincón donde podría ser yo: vulnerable, frágil, rota, pero también creativa, soñadora y aún con chispas de vida que resistían.
Ese jardín secreto no es perfecto, pero es mío. Y ahí, entre sombras y silencios, pude encontrar la semilla de calma que me hizo creer que tal vez, con el tiempo, podía volver a florecer.

“Quick, quick, tell me something awful. Like you are a poet trapped inside the body of a finance guy.”
Esta otra frase describe bien la otra cara de mi experiencia. Porque mientras dentro de mí habitaba una persona quebrada, sensible, que solo quería llorar o escribir o simplemente existir, afuera tenía que seguir siendo la profesional, la arquitecta, la líder de proyectos, la que no podría detenerse. Tenía que vestir el traje que la sociedad me impuso: cumplir, trabajar, rendir, sonreír, aunque por dentro estuviera desmoronándome.
Ese es el poeta atrapado. El yo verdadero, lleno de palabras, música, arte, sensibilidad… que queda escondido detrás de un personaje que cumple con lo que el mundo espera. Y en esa prisión invisible, se genera un dolor enorme: la sensación de que lo más bello que hay dentro de ti no puede salir a la luz porque “no es funcional”, “no es práctico”, “no es aceptable”.
“Can you remember who you were, before the world told you who you should be.”
-Atribuido a Danielle LaPorte
Esta pregunta me ha acompañado como un eco durante meses. Porque en el fondo, ese es el llamado: recordar quiénes éramos antes de que la sociedad nos dijera quién debíamos ser. Esa versión original, intacta, sigue viva en nuestro jardín secreto personal. Y aunque a veces parezca atrapada, nunca desaparece.
Con el tiempo, entendí algo.
No importa la máscara que llevemos. No importa la batalla que peleemos afuera ni las etiquetas que nos impongan. Lo verdaderamente valioso es lo que somos adentro, aunque no lo vea nadie más. Ese poeta atrapado no desaparece; sigue ahí, esperando un respiro. Ese jardín secreto no se destruye; se convierte en el lugar donde sanamos para poder regresar a la vida con fuerza e impulso.
Y quizás de eso se trata todo este camino: de aprender a reconciliar las dos versiones de nosotros mismos. La que el mundo necesita y la que nuestro corazón reclama. La fachada que protege y la esencia que florece en silencio.
Hoy estoy viviendo en un nuevo comienzo (yet again). Deje atrás un trabajo, un ciclo que me exigía ser más de fachada que de esencia. Estoy entrando en una etapa distinta, donde quiero construir con calma, con esperanza, con la certeza de que puedo habitar mi jardín secreto sin miedo y, poco a poco, abrirle algunas ventanas al mundo.
No sé si siempre podré mostrarlo todo. Tal ves no se trata de desnudarnos completamente frente a los demás, sino de recordarnos, al menos a nosotros mismos, que nuestra esencia existe y que tiene valor.
Porque al final, lo que nos sostiene no es el disfraz ni la fachada, sino ese rincón invisible que nos pertenece solo a nosotros.





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