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2025 me permitió volver a comenzar desde el lodo

30 dic 2025
4 min de lectura

Actualizado: 5 ene

Este año no fue amable.


No llegó con cuidado ni con instrucciones claras. Llegó como llegan las cosas que de verdad transforman: de golpe, sin pedir permiso, desarmándolo todo. No avisó. No preguntó si estaba lista. No preguntó si quería. Simplemente ocurrió.


Fue un año difícil en tantos sentidos que, a ratos, parecía imposible sostenerlo entero en el cuerpo (o en la mente). Difícil de explicar, difícil de narrar, difícil incluso de recordar sin que algo se apriete por dentro. Fue un año en el que caí de rodillas. En el que me derrumbé de una y mil maneras. Un año en el que lloré hasta quedarme sin aire, grité cuando ya no había nadie escuchando, arañé el suelo buscando algo a lo que aferrarme y supliqué —con una desesperación que asusta— para que mi vida terminara.


Hubo días en los que existir dolía más que cualquier herida visible. Días largos, pesados, donde levantarse parecía una tarea imposible y quedarse también. Días en los que el silencio era ensordecedor y la mente se convertía en el mundo más hostil para habitar. Días en los que no veía salida, ni propósito, ni sentido.


Y, aun así, no terminó.


Ni Dios, ni la vida, ni mi familia, ni mis amigos me dejaron darme por vencida, incluso cuando yo ya no tenía fuerzas para pedir ayuda. Incluso cuando lo único que quería era desaparecer. Hubo manos que me sostuvieron cuando yo ya no podía sostenerme sola. Hubo presencias firmes cuando mi mundo interno era puro caos.


Este año me enseñó, de la forma más cruda y honesta, que si se puede volver a empezar desde cero. No como metáfora bonita ni frase motivacional, sino como experiencia real. Empezar desde cero cuando no queda nada. Cuando la energía no alcanza ni para levantarse de la cama. Cuando el futuro no se ve como promesa, sino como una carga difícil de cargar.


Aprendí que una puede levantarse del lodo aun cuando no tiene fuerzas para absolutamente nada. Que el cuerpo a veces avanza antes de que la mente lo comprenda. Que hay días en los que avanzar significa solo respirar, solo sobrevivir, y que eso también cuenta. Que no todos los progresos son visibles, ni celebrables, ni inmediatos.


Aprendí que aun entre lágrimas —muchas, pesadas, interminables— se puede encontrar una sonrisa. No una sonrisa grande ni permanente, sino una pequeña, tímida, casi frágil. Pero suficiente. Suficiente para seguir un día más. Suficiente para no rendirse del todo.


Este año también me recordó algo esencial: los amigos y la familia de verdad están ahí. No en los momentos cómodos ni cuando todo va bien, sino cuando todo duele. Están para abrazarte cuando más lo necesitas, incluso sin que tengas que pedirlo. Están cuando no sabes cómo explicarte, cuando las palabras no alcanzan, cuando el silencio pesa más que cualquier discurso.


Aprendí que, aunque tú sientas que no vales nada, hay otros que ven tu valor con una claridad que a ti te falta. Que te miran desde un lugar más limpio, más generoso. Que te admiran no a pesar de tus heridas, sino también por la forma en la que sigues caminando con ellas. Por la manera en la que, aun rota, sigues intentando.


Este año me sacrifiqué.


Este año luché.


Luché en silencio muchas veces. Luché cansada. Luché con miedo.


Terminé mi maestría con máximos honores. Enorgullecí a mi familia. Me demostré —aunque me cueste decirlo— que soy capaz incluso cuando siento que no lo soy. Incluso cuando la voz interna insiste en decir lo contrario.


Comencé este blog como un espacio para darle casa a mis ideas, a mis pensamientos, a mis dudas. Como un lugar donde pudiera escribir sin tener que fingir, sin tener que encajar, sin tener que explicarme de más. Un lugar donde poner palabras cuando el mundo se sentía demasiado grande o estrecho.


Dos cuantos míos fueron seleccionados para ser publicados en un libro de compendios de cuantos. Y sin buscarlo del todo, cumplí un sueño oculto de mi abuelo: es escritora. Algo que se siente como un hilo invisible entre generaciones. Como si la vida, con toda su dureza, también supiera ser justa de manera silenciosa.


Pero no todo fue logro ni celebración.


Este año también fue lucha interna. Profunda. Diaria.


Luché contra la ansiedad, la depresión. La autocritica feroz y el diagnóstico


de trastorno bipolar. Luché contra etiquetas, contra miedos, contra la sensación constante de estar rota. Contra la idea de que algo en mí estaba mal, de que debía arreglarme, de que no era suficiente.


Y aun con todo ese peso, cada día he tomado una decisión silenciosa pero firme: no dejar que lo que me duele determine quién debo ser. No permitir que el diagnóstico sea una sentencia. No permitir que el dolor escriba mi historia completa.


He decidido, poco a poco y paso a paso, intentar liberarme. Intentar encontrarme con una versión mía que solo yo conozco. Una versión que nadie más había visto. Una versión a la que apenas ahora le estoy permitiendo ver la luz. Sin prisa. Sin exigencias imposibles. Con cuidado.


Tenemos miedo. Sí.


Y quizá ahí esté lo más hermoso de este camino. En entender que el miedo no es señal de fracaso, sino de movimiento. Que no hay valentía sin miedo. Que aun con miedo podemos seguir poniendo un paso adelante del otro. Una palabra delante de la otra. Un día delante del anterior.


Este año me rompió


Me dolió. Me vació. Me obligó a mirarme sin disfraces, sin máscaras, sin narrativas cómodas.

Pero también me dejó algo claro, algo que no quiero olvidar: incluso rota, incluso cansada, incluso con miedo… sigo aquí.


Y hoy, después de todo, eso es suficiente.

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