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Lo que cuesta levantar un proyecto...

21 jul 2025
3 min de lectura


Desde la adversidad también se forjan los proyectos.


Cuando regresé a la empresa después de mí, llamémoslo, "año sabático"—ese que, en realidad, pasé metida hasta las botas en obra, rodeada de ingenieros, supervisando construcción y aprendiendo de la gestión desde el frente de batalla— venía con una energía distinta. Ese año no fue descanso, fue aprendizaje duro. Fue ver cómo se ejecutan las cosas, cómo se aterrizan los planos, cómo se enfrentan los imprevistos con casco puesto y botas llenas de lodo.

Volver me ilusionaba. Quería reconectar con la arquitectura, con el diseño, con esa parte creativa que había dejado en pausa mientras vivía el ritmo de la obra. Volver era, en parte, volver a mí, o eso pensaba.

Pero lo primero que me dieron fue un incendio.

La residencial ya estaba en "proceso", aunque en realidad era un cúmulo de planos contradictorios, rediseños mal hechos, decisiones tomadas a la ligera y remodelaciones que no coincidían con la topografía real. Un rompecabezas urbano, armado con piezas de distintos juegos y sin una imagen de referencia. Nada terminaba de encajar.

Lo vi y supe que teníamos que empezar de nuevo. No había otra salida.


Ese fue el primer error: pensar que yo tenía que arreglarlo todo.


La reconstrucción (del proyecto y de mí)


Decidimos rediseñar desde cero la zonificación del proyecto. Abandonamos los modelos imprecisos y levantamos un nuevo modelo en Revit, esta vez con precisión topográfica. Hicimos decenas de pruebas, levantamos versiones distintas para cada escenario, conciliamos criterios con los ingenieros, preparamos todas las memorias técnicas, planos constructivos, fichas legales y diagramas para la gestión del permiso de construcción bajo la figura de condominio horizontal.

El trabajo ha sido intenso, creativo, técnico, impecable. Pero no ha sido lo más difícil

Lo más difícil ha sido sostenerme. Sostenernos. El desgaste emocional ha sido descomunal. El proyecto se convirtió en una carga que nadie quiere reconocer como tal, pero todos se desquitan con quienes sí lo sacábamos adelante. Cada avance es, paradójicamente, una fuente nueva de presión, Cada entrega, una urgencia. Cada reunión, una batalla.


Ha habido imposiciones, decisiones que se han alejado de lo que para mí representa un buen camino a seguir para un proyecto. Ha habido momentos donde la arquitectura ha dejado de ser un acto creativo y se ha vuelto simplemente una carga.


Mi equipo y yo hemos dado más de lo que teníamos. Creamos orden desde el caos, belleza desde el conflicto. Y, sin embargo, al final del día, lo que más duele es que ni siquiera hay satisfacción. Solo cansancio. Solo vacío.


El proyecto se aprobó. Pero yo no me siento en pie.


Hoy, el permiso está casi firmado. El proyecto está casi finalizado. Y me pregunto... ¿valió la pena?

La respuesta más honesta que puedo dar es: no lo sé.

No sé si una firma, un render o una felicitación justifica el desgaste, la ansiedad, las noches sin dormir, los nudos en la garganta, las lágrimas de impotencia, las palabras sin decir. No sé si lo que logramos me enorgullece o me duele más de lo que debería.

Porque este proyecto, que sobre el papel es hermoso, nos costó demasiado. Nos tragó. Nos exprimió.

Y aunque suene raro decirlo... no lo quiero romantizar. No quiero venderlo como un triunfo. No todo lo que se termina se celebra. No todo lo que se construye merece ser habitado. A veces, simplemente sobrevivís.

Y sobrevivir también es una forma de éxito, aunque no se vea bonito en el portafolio.


Desde el viento y el agotamiento


Este post no es una historia de éxito. Es un testimonio de todo lo que no sale en los planos: del estrés invisible, de las decisiones que duelen, del liderazgo que agota. Es una carta abierta desde la fatiga creativa, desde el amor por la arquitectura que a veces duele, desde el deseo de hacer las cosas bien incluso cuando el sistema empuja hacia lo contrario.

El proyecto de la Residencial ha sido una prueba. Y no se si la pasé o si solo salí con vida.

Pero aquí estoy. Todavía arquitecta. Todavía de pie.

Y aunque el viento está vez soplara en contra, hoy lo escribo... para que la historia no se quede enterrada bajo cemento.


 
 
 

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