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Las 5 etapas del duelo laboral: una relectura 10 años después

14 may 2025
5 min de lectura

Sobre dejar ir, reconstruirse y seguir creyendo en el diseño de un futuro propio




Hace casi diez años, con el corazón hecho pedacitos, me senté frente a la pantalla a escribir un texto que titulé “las 5 etapas del duelo laboral”. En ese momento no lo sabía, pero estaba haciendo lo que hago cuando las palabras me salvan: ponerle nombre al dolor para que no me devore. Había perdido un trabajo, sí. Pero más que eso, había perdido certezas, seguridad y -aunque suene dramático- una parte de mí misma. Porque a veces el trabajo no es solo trabajo. A veces es refugio, orgullo, sentido… y cuando se derrumba, una se queda temblando entre los escombros preguntándose ¿y ahora quién soy yo?


Hoy, diez años después, ese post olvidado me encontró a mí. Y lo leí como quien abre una carta que se escribió en medio de la tormenta. Me conmovió su simpleza. Me dio ternura. Me dio ganas de abrazar a esa versión mía que aún no sabía lo fuerte que iba a volverse.


Y también me trajo esta certeza: el duelo laboral no solo ocurre cuando te despiden. A veces ocurre en silencio, mientras seguís yendo a la oficina, cumpliendo con todo, sonriendo en las reuniones, pero sintiendo que algo dentro se va apagando.


Entonces, viviendo en la realidad en la que vivo hoy, ¿Por qué no repasar y actualizar las etapas del duelo laboral?



Etapa 1: Negación.



En aquel entonces, la negación me pareció una forma ingenua de postergar lo inevitable. Hoy sé que, en realidad, es una reacción del alma que quiere protegerte del golpe directo.

Me repetía “Seguro fue un malentendido”, Tal vez todavía me llamen”, “No puede estar pasando esto”. Lo mismo ocurre hoy cuando trabajo en un entorno tóxico, pero me digo: “es solo una mala semana”, “seguro es el estrés”, “todo el mundo trabaja así”.

Negarse es seguir creyendo que aún se puede salvar algo. Es nuestra manera de resistir el primer impacto emocional. No juzgo esa etapa. Ahora la entiendo. A veces es necesaria para sobrevivir un poquito más.


Etapa 2: Ira



La ira me visitó tarde, como un huésped que toca la puerta cuando ya habías empezado a resignarte.

Y cuando llegó, no lo hizo sola: venía con rabia, frustración, impotencia. Me enojé con mis jefes, con mis colegas, conmigo misma.

Pero también me enojé con el sistema, con ese modelo laboral que aplaude la productividad, pero descuida a la persona.

Hoy ya no me asista sentir ira. Aprendí que la ira es dignidad vestida de fuego. Que cuando algo duele, cuando algo no es justo, la ira es ese grito interno que dice: “esto no debería doler así”.

Y está bien gritar. Lo que no está bien es tragarse la voz.


Etapa 3: Negociación



La negociación fue el terreno más resbaladizo.

“Tal vez si no me hubiera quejado…”,

“Tal vez si hubiera trabajado más horas…”,

“Si tan solo hubiera aguantado un poco más…”,

“Si hubiera ignorado esto o aquello y simplemente hubiera seguido con mi trabajo…”,

“Si me hubiera aguantado las humillaciones y los sentimientos, y solo… seguido adelante.”

“¿Por qué no aguante un poco más los gritos, las críticas y las denigraciones?”

¿Te suena?

Es el juego cruel del “¿y si…?, ese diálogo interno donde una se culpa para no culpar al otro. Donde el corazón, aún herido, intenta encontrar explicaciones para lo que, en el fondo, simplemente no tiene justificación.

Hoy reconozco esta etapa por lo que realmente es: un autoengaño disfrazado de introspección.

Y lo admito con honestidad -por años me quedé ahí, atrapada en esa lógica circular. Volvía a los mismos lugares, aceptaba las mismas dinámicas, repetía los mismos silencios. Todo por la esperanza de que esta vez si funcionaría. Pero la lección siempre era la misma.

Negociar con uno mismo para justificar lo injustificable no es madurez, es abandono personal.

No se trata de castigarnos.

No se trata de ser perfectas para merecer bien trato.

Se trata, simplemente, de merecerlo.

De saber que tener estándares sanos no es ser exigente: es reconocerse valiosa.

Y no, no siempre pudiste hacer algo distinto. A veces diste lo mejor de vos, y aún así no fue suficiente para otros.

O peor aún: fue más que suficiente… tanto que decidieron aprovecharse de eso. Pero eso no es tu culpa.

Tu valor no depende de que otros lo reconozcan.

Basta -y sobra- con que vos misma lo hagás.

 

Etapa 4: Tristeza



En el post original la llamé depresión, pero hoy prefiero llamarla por su nombre más tierno y feroz: tristeza.

No es una tristeza suave. Es de esas que duelen en el cuerpo, que te hacen dudar hasta de tu reflejo. No tiene tanto que ver con haber perdido un empleo como con esa otra pérdida. Más invisible: la de no saber a dónde ir. La de sentirte desconectada de todo… incluso de vos misma.

Durante esa etapa, lo cotidiano pesa.

Levantarse cuesta.

Volver a intentarlo agota.

Y aún así… seguimos. Porque hay una parte nuestra que, aunque rota, aún respira.

Recuerdo aquellas caminatas sin rumbo entre los árboles del bosque cerca de mi casa.

Recuerdo llorar en silencio, convencida de que tal vez no estaba hecha para esto.

Qué mentira más grande.

La tristeza me enseñó a quedarme quieta. A dejar de correr detrás de expectativas. A escuchar el eco de una pregunta que nadie más puede responder:

¿Qué quiero realmente con mi vida?

Y esta etapa no la escribo desde la distancia segura del pasado.

La escribo desde acá.

Desde mi hoy.

Desde este presente confuso donde aún camino sin rumbo y lloro a solas más veces de las que admito.

Pero también desde una verdad inquebrantable: esta tristeza no viene a destruirme. Viene a detenerme. A pedirme que me mire. Que me sienta. Que me escuche.

Y sí, estoy perdida. Pero tal vez, estar perdida no es tan grave como me hicieron creer.

Porque perderse a veces es la única forma de encontrarse.


Etapa 5: Aceptación



La aceptación no llega con fanfarrias. Llega como una brisa suave que un día te toca el rostro.

Y Entonces entendés.

Que no fallaste.

Que no perdiste, aprendiste.

Que te caíste, sí… pero también te reconstruiste.

Aceptar es mirar atrás sin rencor.

Es dejar de revivir la escena.

Es agradecer, incluso lo que dolió.

Porque te mostró que valés más de lo que te hicieron creer.


Epilogo

Hoy, con años de experiencia, con más cicatrices y también más certezas, puedo decir que el duelo laboral es real. Que no es exageración, no es drama. Es legítimo.

Porque el trabajo no es solo trabajo: es parte de nuestra identidad, de nuestros sueños, de nuestra dignidad.

Y cuando se nos rompe también algo dentro de nosotras se rompe.

Pero podemos volver a construir.

Podemos volver a diseñarnos.

Más conscientes. Más Fuertes. Más nuestras.

 

Pregunta final

¿Estás viviendo un duelo laboral en silencio?

¿En qué etapa estás?

¿Y qué necesitarías hoy para empezar a sanar? 

 

Y si algo de todo esto te resonó, si te sentís reflejada en algina de estás etapas o si estás atravesando un duelo que todavía no tiene nombre, quiero que sepas que no estás sola. Yo también he estado ahí -en la negación, en la rabia, en las preguntas, sin respuesta, en el llanto escondido, en el silencio que grita.

Este blog es un espacio para ponerle palabras para ponerle palabras a lo que a veces no sabemos cómo decir.

Te invito a compartir tu historia, tu etapa, tu proceso.

Podés dejar un comentario, escribir en privado o simplemente saber que este espacio es tuyo.

Porque a veces todo empieza con eso: con saber que alguien más sí entiende. Que alguien más también ha sentido.

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