Una escapadita a mi alma

Dibujar, para mí, no siempre es un acto artístico. A veces es una necesidad. A veces es una forma de supervivencia silenciosa. Un lugar seguro al que puedo ir cuando todo lo demás se siente demasiado ruidoso, demasiado estructurado, demasiado lleno de expectativas.

Los primeros dos dibujos que comparto hoy nacen de ese lugar íntimo donde no hay reglas, ni cronogramas, ni entregables. Son patrones que me ayudan a calmar la mente, pequeñas repeticiones que nacen sin un propósito concreto, pero que terminan contándome cosas que ni siquiera sabía que quería decir. Empiezo con una idea vaga… un árbol, una luna, una ola… y lo dejo evolucionar. Me dejo llevar por los colores, por el ritmo de los puntos, por la paz de cada línea que se va formando con paciencia. Lo mágico es que el resultado siempre me sorprende. Como si mi alma estuviera hablando y yo simplemente sostuviera el lápiz.

Dibujar así se vuelve una meditación. Cada trazo es una respiración profunda. Cada curva es un suspiro que se queda impreso en el papel. Y aunque nadie lo sepa, cada una de estas piezas es una conversación que tengo conmigo misma cuando el mundo se calla un momento.

Pero no todo lo que dibujo es abstracto o etéreo. El tercer dibujo tiene otra intención. Es una aspiración, un susurro arquitectónico de lo que me gustaría ver más allá del papel. Es la forma en la que imagino que podría ser la arquitectura: libre, lúdica, protectora, suave. En ese diseño hay ecos de mi niña interior, recuerdos de juegos y plazas que nunca existieron pero que deberían. Hay una crítica silenciosa al concreto rígido, al diseño sin alma. Y hay una esperanza. Porque aún creo que podemos hacer arquitectura que no solo funcione, sino que abrace.
Estos dibujos —los espontáneos y los soñados— son ventanas a partes de mí que no siempre muestro. A veces me cuesta compartirlos porque siento que revelan más de lo que digo con palabras. Pero hoy decidí hacerlo. No porque me sienta lista, sino porque hay algo liberador en dejar que el mundo vea un pedacito de la verdadera yo.
Esa versión mía que no siempre se ajusta a las estructuras, que no siempre puede con todo, pero que aún sueña. Que aún crea. Que aún se da escapaditas para reencontrarse entre trazos, puntos, líneas y viento.




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