El día en que me cambié los zapatos y guardé el miedo a ser yo
Actualizado: 15 may 2025
Crónica de un pequeño acto de valentía que cambió algo dentro de mí
Durante años construí un castillo de ropa ancha, posturas reservadas y silencios que hablaban por mí. Me escondí detrás de cardigans largos, pantalones que no marcaban curvas y camisas que parecían decir: “no me mires, no me veas”. Me protegí del mundo con muros hechos de inseguridades, con frases aprendidas como "esto no me queda" o "esto no es para mí".
Me convertí en experta en mimetizarme, en no llamar la atención, en poner primero la comodidad del anonimato antes que el riesgo de ser vista. Porque ser vista, a veces, dolía. Porque había aprendido a pensar que no era suficiente. Que mi cuerpo no merecía ser vestido con libertad. Que la belleza tenía formas predefinidas y que yo no encajaba en ellas.
Así fue como terminé cediendo mi reflejo al miedo, y mi deseo al juicio ajeno.
Y me lo creí. Me creí que ser linda no era para mí. Que verse bien era algo que sólo le pasaba a otras mujeres. Que yo debía conformarme con pasar desapercibida. Que el espejo era un enemigo a esquivar. Me acostumbré tanto a esa versión limitada de mí que me olvidé de explorar todo lo que podía ser.
Hasta hoy.
Hoy fui a la piscina. Y eso, para cualquiera, puede ser una actividad normal. Pero para mí fue una especie de revolución.
Saqué del cajón un traje de baño que había comprado hace más de un año. En ese momento me dije que un día me quedaría bien, que un día me atrevería. Y ese día llegó. Me quedó. Me atreví. Y no solo eso: me sentí linda. Me sentí bien. Me sentí mía. El agua, el sol, la sensación del cuerpo libre… todo fue distinto. No era solo la piel descubierta, era el alma saliendo a respirar.
Y no terminé ahí. Me puse una falda-short corta, de esas que siempre miraba con deseo pero nunca me permitía usar. Caminé con ella. Con pasos que al principio eran tímidos, pero se fueron afirmando. Luego me cambié a unos zapatos de plataforma alta, tipo romano, con cordones que subían como si quisieran elevarme también el ánimo. Me miré al espejo. Me tomé selfies. Y por primera vez en mucho tiempo, no busqué esconderme. Me busqué. Me encontré.
Me gusté.
Hoy crucé un límite. Uno silencioso, pero muy importante. El límite entre vivir protegiéndome… y empezar a vivir liberándome.
No fue el traje. No fue la falda. No fueron los zapatos. Fui yo. Fue la decisión de permitirme ser vista. De salir de la zona de confort que me mantenía segura pero también callada. De abrazar mi cuerpo tal como es hoy. De decir: "está bien sentirme linda. Está bien sentirme sexy. Está bien sentirme libre".
Y con cada paso, con cada mirada que no esquivé, con cada gesto de cariño hacia mi imagen, fui acariciando esos muros que por tanto tiempo me sostuvieron, pero que también me limitaron. Me di cuenta de que no necesito esperar a cumplir una talla ideal para disfrutarme. No tengo que ganarme el derecho a quererme. Ya lo tengo. Nací con él.
Y me prometí algo: no volver a esconderme. No más. Porque la vida es demasiado corta para vivir con miedo al espejo. Porque el mundo necesita más mujeres que se reconcilien consigo mismas, que se abracen sin condiciones, que bailen con sus cicatrices y se celebren completas, rotas, fuertes y hermosas.
Hoy gané una pequeña gran batalla. Una que nadie vio, pero que dentro de mí se sintió como un estallido de libertad. Y pienso celebrarla cada vez que pueda. Porque hoy, sin pedir permiso, me sentí como fuego.

— Lau




Comentarios