La herida invisible de liderar cuando te están rompiendo por dentro
Yo ya lo he dicho antes en este espacio: el viento a veces sopla con tanta fuerza que desarma los planos. Y no hablo de proyectos arquitectónicos. Hablo de mí.
Últimamente he estado viviendo situaciones en el trabajo que me han sacudido por completo. Me han hecho sentir rota, ansiosa, con la moral por el suelo. Y por más que lo intento, no logro volver a pararme con la firmeza de antes. Me siento inestable, confundida, cuestionándome incluso a mí misma. ¿En qué momento me perdí así?
He vivido muchos años creyendo que si me porto bien, si hago las cosas bien, si me esfuerzo y doy todo… los demás me van a querer, me van a aceptar, me van a respetar. Pero esa creencia, tan inocente, ha sido también mi mayor vulnerabilidad. Porque en esa búsqueda de aprobación he dejado pasar actitudes y palabras que no debí tolerar. He dejado que ciertas personas me destruyan emocionalmente en nombre de la exigencia, del “sacar lo mejor de mí”.
La cosa es que ese tipo de liderazgo, que empuja con dureza y no reconoce ni un solo logro, termina desgastándote. No es que uno no aguante presión —yo he aguantado mucha—, pero cuando nunca hay una palabra de aliento, cuando todo lo que se ve es lo que está mal, lo que falta, lo que no sirve… algo dentro de ti empieza a romperse.
Y eso fue lo que me pasó. Lo recuerdo clarísimo: fue el primero de abril del año pasado. Una conversación que comenzó con preguntas que, en otro contexto, podrían haber sido constructivas: “¿Qué querés?”, “¿Cuál es tu visión?”, “¿Hacia dónde vas?” Pero en ese momento, yo estaba viviendo en piloto automático. No tenía respuestas. Me sentí acorralada, cuestionada, vacía. Y lo único que pude decir, con la voz trabada y los ojos llenos de lágrimas, fue: no sé. No sé qué quiero. No sé cómo mejorar. No sé cómo estar a la altura de lo que se espera de mí. No sé.
Esa fue la primera vez que me rompí. Y desde entonces, siento que ya no he vuelto a ser la misma. Porque después de esa conversación no hubo un respiro. La presión siguió, los reclamos aumentaron, y poco a poco fui cayendo en una espiral de agotamiento emocional. Fue en agosto que, ya médicamente, me confirmaron lo que yo ya sospechaba: estaba deprimida, con ansiedad, con desequilibrios hormonales. Mi cuerpo ya no podía sostener lo que mi alma venía cargando.
Y sin embargo, la exigencia continuó. La narrativa constante de que el departamento de diseño que lidero no sirve, de que todo lo que hacemos está mal, de que somos una carga para la empresa. Que nuestros planos son mediocres. Que lo que hacemos no es trabajo de arquitectos. Que por nuestra culpa se pierde dinero, se atrasa la obra, se daña la imagen de la empresa. Cada palabra como un ladrillo más en una mochila que ya pesaba demasiado.
Y en medio de todo eso, tengo un equipo. Un equipo que es mi refugio, mi orgullo, mi fuerza. Son colaborativos, comprometidos, nos cuidamos mutuamente. Ellos ponen el pecho por mí, y yo por ellos. Mi equipo es increíblemente capaz. Entregamos trabajos que no solo cumplen, sino que superan consistentemente las expectativas de nuestros clientes. Recibimos elogios sinceros de otros departamentos, de colegas que reconocen el esfuerzo, la calidad y la dedicación que ponemos en cada plano, en cada propuesta, en cada detalle. Trabajamos en equipo como pocas veces se ve: colaboramos, nos apoyamos, nos leemos la mente cuando hace falta. Y a pesar de la carga emocional, del desgaste, de las críticas injustas, siempre se ponen la camiseta. Dan hasta lo que no tienen por el departamento y por los proyectos. No tengo duda alguna: somos un equipo excelente. Y verlos desmotivados, ver cómo esas palabras también se les pegan a ellos, me parte el alma.
Porque sé lo que duele cargar con esa voz constante que te repite que no sos suficiente. Lo sé porque la escucho cada día.
Hace poco, después de haberme visto obligada a prescindir de alguien valioso del equipo, comencé a buscar nuevos candidatos. Uno en particular me pareció muy bueno, así que compartí la idea con la administración: ¿y si replicamos lo que han hecho en otro departamento? ¿Y si traemos a alguien más que venga a apoyar, a estructurar, a levantar lo que no estoy pudiendo levantar sola?
No fue una propuesta desde el ego. Fue desde la humildad. Desde la conciencia de que tal vez otra persona puede aportar lo que a mí me está faltando. Lo único que quiero es que el departamento funcione, que la empresa esté bien, que dejemos de ser un blanco constante de crítica. Pero al parecer, incluso eso fue mal recibido.
La persona fue citada a entrevista y cuando llegué, fui llamada aparte. No para conversar, sino para ser regañada. Por todo. Por nada. Por pensar diferente. Por intentar una alternativa. Y esa conversación se repitió tres veces en el mismo día: a las 7 de la mañana, luego a las 9 y otra vez a la 1 de la tarde, frente a otros. Como si la humillación tuviera que hacerse más grande para que duela más.
Y dolió. Dolió profundamente. Porque me sentí despojada de valor, de criterio, de dignidad. Porque una vez más, lo que intento hacer desde el corazón fue interpretado como debilidad.

Hoy estoy cansada. Cansada de fingir fortaleza cuando me estoy desmoronando por dentro. Cansada de intentar contagiar ánimo cuando ya no me queda ni una chispa de energía. Cansada de tener que recomponerme una y otra vez para que no se note cuánto me está afectando esto.
Quizás esta entrada no tenga respuestas. Pero necesitaba escribirla. Porque escribir, para mí, también es una forma de volver a respirar. Y porque tal vez, si tú que me lees te has sentido alguna vez igual, sepas que no estás solo, que no estás sola. Que a veces, incluso entre planos, también hay viento. Y a veces, duele. Pero sigue siendo parte del camino.




Laura,
Espero que pronto finalice esta temporada que estás enfrentando o encuentres el lugar bajo el liderazgo correcto. Que valore tus esfuerzos, no solamente en lo económico, sino también por el aporte que brindan al proyecto, visión de la empresa y demás.
Ánimos! Sos un crack!! Dios te bendiga.